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Blog de Juan Carlos Luna

Mala Suerte (segunda parte)

Las soluciones eran cada vez más desesperadas y conflictivas. Algunos propusieron llorar en los campos para regar las plantas, otros idearon una máquina que convertiría las piedras en agua y los más osados intentaron construir una escalera que llegara hasta el Cielo para pedirle a San Pedro que les regalara un poco de lluvia. Aunque todo fue inútil, se negaban a huir de aquel árido lugar. Los mayores se oponían rotundamente, y los jóvenes no sabían hacia donde dirigirse. Uno de ellos pensó en enviar una carta con un mensaje de auxilio hacia las personas que vivían más allá de los cerros, pero en Mala Suerte no había oficina de correos y mucho menos teléfono, por lo que decidió mandar una paloma mensajera que su abuelo había criado desde que era un pichón, pero la necesidad era tal, que su madre la cocinó antes de que pudiera enviarla. Parecía que todas las puertas estaban cerradas. Era imposible salvar a su pueblo, pero aun así no lo abandonarían.
Un día la comida se termino. Pasaron tres días sin comer. Los niños lloraban, las mujeres se lamentaban y los hombres maldecían, pero cada hora que pasaba, el silencio abrazaba más y más las polvorientas calles hasta que solo un murmullo alimentaba la deprimente desgracia de aquellos desdichados.
Una mañana después, despertaron todos los habitantes de aquel desolado lugar. El sol arrojaba sus primeros rayos como lanzas que pintaban de dorado los adobes de las casas. Cada uno salió de su morada frotándose los ojos para poder ver bien. Todos sabían que su fin estaba cerca y aunque trataban de no pensar en ello, las tripas parecían recordárselos en cada grito de dolor por el hambre.
Lo intentaron todo, pero lo único que lograron fue comprobar que Dios se había olvidado de ellos. Él, que les dio la vida, que los colocó ahí, donde las guerras no llegaban, donde no había ruido ni humo, donde no existían las prisas ni el estres. Él los había abandonado, ¿O no era así? ¿Acaso Dios no se había enterado? Tal vez necesitaban rezar con más fuerza, con todo su corazón para ser atendidos. Si, eso era.

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